Naturaleza del Espíritu

Siempre escuchamos hablar de que el ser humano está compuesto de: cuerpo, alma y espíritu.

Es más, creo que de estos, el alma es una de las más populares en la poesía y escritura. Hablamos de amar con el alma, sentir en el alma, dolor en el alma y hasta existe uno que otro enamorado que dice que su amada es “su alma”.

Probablemente se deba a que el alma es vida y vivir es lo más preciado que tenemos. Es normal de que se ocupen las analogías anteriores para referirse a todo lo que somos, o toda nuestra esencia haciendo referencia al alma.

Pero, ¿y el espíritu?

“La luz del Señor penetra el espíritu humano y pone al descubierto cada intención oculta.” Proverbios 20:27 NTV

Acá al referirse a espíritu se ocupa la palabra hebrea H5397: “Neshamah”, la cual significa: aliento de vida, inspiración divina, intelecto, inspiración.

La palabra H5397 es anteriormente utilizada en Génesis 2:7 NTV “Luego el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra. Sopló aliento de vida en la nariz del hombre, y el hombre se convirtió en un ser viviente.”

Nuestro espíritu, viene del espíritu divino, de su soplo de vida; por medio de el es que podemos sentir la presencia del Señor y tener una relación con Dios.

El espíritu nos fue dado para tener contacto con la divinidad de Dios, para sentirle y experimentar el caminar en su presencia.

El toque divino de Dios tiene que ver con el contacto que El tiene con nuestro espíritu; esto lo podemos experimentar por medio de la oración y lectura de la palabra; en estos momentos es que le podemos sentir y escuchar.

En resumen, la naturaleza de nuestro espíritu es ser receptor de la inspiración y amor divino para poder experimentar la presencia de Dios y tener comunión con el.

Todos los que vivimos bajo la gracia que nos fue dada por Cristo tenemos el privilegio de contar con El Espíritu Santo, el consolador, quien mora en nosotros.

Pero, ¿puede desnaturalizarse nuestro espíritu?

Si.

En la entrada anterior* hablábamos de la desnaturalización de las proteínas por medio de un agente ácido, o maceración en ácido; en este se explicaba cómo las características de una proteína cambian al tener contacto con esta substancia.

Pero ¿en que se parece esto a nosotros?

Hay situaciones en la vida que son tan ácidas que nos transforman totalmente.

Por ejemplo, confesaré que hace poco alguien a quien yo apreciaba mucho me hizo un profundo daño. Esto rompió mi confianza y puesto que se trató de una compañera que veo a diario, la interacción rutinaria me estaba causando amargura de espíritu.

Solo verla me hacía recordar lo que había ocasionado y a pesar que decidí perdonar, había algo en mi que no me dejaba tranquila.

Mi espíritu se comenzó a atribular, mi interacción frecuente con Dios por medio de la adoración y oración constante se convirtió en quejas y reclamos.

De adoradora me transformé en quejumbrosa, cuestionando a Dios una y otra vez por lo sucedido.

Quizás solamente a mi me ha pasado, pero me estaba macerando en ácido, el ácido del rencor y enojo.

Esta “maceración” -como ceviche- desnaturalizó mi interacción divina y me amargó. Me convertí en un ceviche pasado: duro y amargo.

Comprendiendo la naturaleza de nuestro espíritu, puedo con un poco de tristeza, aseverar de que mi espíritu estaba desnaturalizado. La amargura no me dejaba ver las bendiciones que El Señor me quería regalar a diario.

El me regalaba misericordias nuevas y gracia cada día y yo solo veía mi enojo, perdiendo el enfoque en mi asignación divina.

Llegó un punto en que me quejé de que Dios ya no me hablaba, pero el Espíritu Santo estaba ahí, solo que yo apagaba su voz.

El Señor nos llama a no contristar al Espíritu Santo:

“No entristezcan al Espíritu Santo de Dios con la forma en que viven. Recuerden que él los identificó como suyos, y así les ha garantizado que serán salvos el día de la redención. Líbrense de toda amargura, furia, enojo, palabras ásperas, calumnias y toda clase de mala conducta.” Efesios 4:30-31 NTV

Esta era la razón por la cual no podía escuchar la voz del Señor, trayéndome confusión en medio de mi situación; se debía a que no estaba liberándome del enojo y amargura poniendo mi negatividad encima de mi relación con Dios.

¿Le dije al Señor que quería perdonar? Si. ¿Le pedí que me liberara del resentimiento? No.

Cada vez que quería vivir una vida normal, algo traía a mi mente este doloroso episodio empeñándome en recordar una y otra vez para… no se para que la verdad.

El capítulo anterior de Efesios en el versículo 23 nos habla de dejar que El Espíritu renueve nuestros pensamientos y actitudes.

El dador de nuestro espíritu, alma y cuerpo es quien conoce el diseño original de nuestro ser, quien mejor para darle el timón de nuestras vidas para así vivir en la plenitud para la que fuimos creados.

Van a venir momentos ácidos, eso es inevitable, pero podemos elegir macerarnos (y hacernos ceviche) o dejarnos lavar por el agua viva que trae Cristo para ser limpios de toda amargura.

La teoría de la desnaturalización proteica asegura que este es un acto irreversible. Pero nosotros en nuestra naturaleza humana y creados a imagen y semejanza de Dios si tenemos la posibilidad de revertir todo rastro de amargura en nuestro espíritu.

Hoy pidámosle al Señor Un Toque Divino que logre restaurar nuestra relación con los demás y con nosotros mismos, liberándonos de todo lo que nos aleje para lo que fuimos realmente diseñados.

Jesús te puede liberar y limpiar de todo lo que te está haciendo daño.

Efesios 4:23-24 NTV En cambio, dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes. Pónganse la nueva naturaleza, creada para ser a la semejanza de Dios, quien es verdaderamente justo y santo.

Por: G-A Aura

*https://untoquedivino.com/2020/09/15/coccion-en-limon/

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